Powell estaba en su oficina, acababa de enviar un mensaje al corporativo Ternus para informar sobre la situación de la nave Borút. De pronto, su canal de emergencia sonó.
—Señor Powell, la Borút ha recibido un impacto significativo en la parte inferior del casco. Estamos a la espera del reporte de su tripulación —informó un operador de la torre de control.
—¡Maldición! —exclamó Powell con furia, levantándose de golpe de su asiento.
Se dirigió hacia el ventanal detrás de él, desde donde podía observar el puente 5, donde la Borút estaba acoplada. Su rostro se torció en una mueca de molestia mientras contemplaba pequeños restos flotando alrededor de la nave.
—No parece gran cosa… ¿Pero por qué tiene que pasar esto justo cuando ya se iban de mi astillero? —murmuró.
Pero en ese instante, la Borút desplegó su escudo. Los ojos de Powell se abrieron de par en par, y su corazón empezó a latir con fuerza, como un galope desbocado. Un nudo le cerró la garganta. No podía creer lo que veía.
El puente 5 fue destruido en cuestión de segundos: el escudo atravesó la estructura y arrancó varios módulos violentamente.
Un silencio abrumador se apoderó de su mente, su cerebro intentaba asignarle un sonido a la explosión que se reflejaba en su retina.
Aun tratando de asimilar esa pesadilla, Powell corrió hacia la torre de control.
—¿Qué significa esto? ¿Por qué la Borút ha activado su escudo estando aún acoplada al puente? ¡Comuníqueme de inmediato con el comandante Hill! —gritó por su comunicador.
En la torre de control todo era un caos. El protocolo de emergencia se había activado y las órdenes para la operación de rescate fluían con urgencia. Las pantallas mostraban la destrucción alrededor de la nave, otras al personal movilizándose para evacuar a los heridos y recolectar los restos antes de que causaran más daño al astillero o a las naves cercanas.
En medio del bullicio, Larry con lágrimas en los ojos y el rostro desencajado, escuchaba en su auricular la voz desgarrada de Rui:
—Laura… Laura… no… ¿por qué?
Su dolor era inconsolable.
Mientras tanto, el comandante Hill daba instrucciones directas y con voz firme:
—Capitán Marks tiene autorización para usar fuerza letal en su misión. Debe encontrar al responsable de este ataque.
—Sí, señor —respondió el Capitán Marks desde la nave de reacción rápida BT-1, mientras se acercaba a la superficie del planeta Yun.
¡Quiten ese cadáver de mi vista! —ordenó Hill visiblemente furioso, al ver flotando la mitad del cuerpo de Laura.
—Ya escucharon —dijo Marks a sus hombres—. Equípense y usen la fuerza necesaria. Teniente Ron, diríjase con su escuadrón al noroeste del punto de origen del ataque.
Teniente Cole, ustedes al sureste. Nosotros iremos directo al punto desde donde fue disparado el proyectil.
El Capitán Marks ajustaba su equipo con precisión, mientras los escuadrones se desplegaban rápidamente.
Cerca del asentamiento Nilo, muy próximo al origen del ataque, Jim y Troy corrían desesperadamente en la oscuridad, como si sus vidas dependieran de ello. La noche era densa, y el silencio solo se rompía con sus pasos apresurados y la respiración agitada.
—¿Que hice Jim? —preguntaba Troy con la voz quebrada por el llanto y su piel pálida.
—¡No lo se Troy! ¡No sé que pasó allá! Solo corre… debemos llegar a casa.
Jim no había terminado de hablar cuando, de pronto, los reflectores de una nave se posaron sobre ellos, su camino fue cortado abruptamente por la nave BT-7 del escuadrón del teniente Cole, que descendió a toda velocidad frente a ellos.
—¿Qué hacen aquí? ¿Por qué corren así? —exclamó el teniente Cole, bajando rápidamente de la nave.
Se acercó de un salto y agarró a Troy por la camisa, sacudiéndolo con fuerza.
—¡Respondan!
—¡Déjalo en paz! ¡Hubo una explosión y corrimos! —gritó Jim, interponiéndose.
—¡Suéltalo! —insistió, golpeando el brazo del teniente con firmeza.
En ese momento, Cole escuchó por su comunicador la voz del Capitán Marks:
—¿Alguna novedad, Cole?
—No, Capitán. Solo unos niños asustados, corriendo por la zona.
—No pierda el tiempo, teniente. La situación es apremiante. Necesitamos pistas claras. Deje tranquilo a esos niños y haga su trabajo —ordenó Marks, con voz seca.
Cole lanzó a Jim contra el suelo con brusquedad.
—No me vuelvas a tocar si quieres mantener tus brazos unidos al cuerpo —le susurró al oído, mientras con su enorme mano le apretaba la cabeza contra la arena.
—Démonos prisa teniente, cada segundo cuenta —le dijo uno de sus soldados.
—Tienes razón, solo quería asustar al mocoso —respondió Cole, poniéndose de pie, soltó a Troy con rudeza y volvió hacia su escuadrón sin mirar atrás.
Jim corrió apresuradamente a abrazar a su hermano, que temblaba sin poder hablar, completamente en shock.
Ambos miraban cómo la nave se alejaba, Jim, aun trataba de procesar las palabras de Cole, no tenía dudas: ese tipo no estaba bromeando.
El escuadrón del teniente Ron sobrevolaba la zona noreste del punto cero. Desde las alturas, los sensores barrían el terreno con precisión quirúrgica, pero no detectaban movimiento alguno.
—Capitán, al noreste no hay señales de huida ni presencia activa —informó Ron por el comunicador—. Todo está en calma. Los escáneres tampoco muestran infraestructura subterránea.
Marks apretó los labios con frustración.
—Entendido, Ron. Continúa explorando —ordenó, sin apartar la vista del monitor frente a él.
Giró la cabeza hacia el oficial de comunicaciones, que ajustaba las frecuencias en la consola con dedos tensos.
—Sargento Blake, ¿cómo es posible que algo haya sido lanzado desde aquí hasta la órbita sin dejar rastro? ¿Estamos seguros de que esta es la ubicación correcta?
Blake asintió con seguridad.
—Sí, capitán. Los técnicos en la nave triangularon la trayectoria inversa con precisión. Además… —señaló hacia el cielo— mire: aún se distingue el agujero en las nubes, el que dejó la onda expansiva.
Marks alzó la vista. En efecto, un círculo oscuro interrumpía el manto nocturno como una cicatriz abierta.
—Tiene razón… —murmuró, entrecerrando los ojos—. Pero ¿cómo demonios desaparecieron?
Sus ojos se clavaron en la silueta de una torre industrial a unos dos kilómetros.
—Esa torre… debe tener cámaras. Sargento, pida acceso inmediato a las grabaciones de esa torre. Quiero todo el perímetro cubierto. Además, pida más refuerzos a la nave, necesitamos abarcar una mayor área de búsqueda.
—Sí, señor. Solicitaré los registros al astillero y los refuerzos —respondió Blake, ya activando la transmisión de emergencia.
Justo en ese momento, el comunicador de Marks vibró en su oído.
—Capitán, en el lado sureste no hay actividad —reportó Cole—. Solo dos chicos dirigiéndose a su asentamiento. Todo lo demás, silencio absoluto.
Marks frunció el ceño.
—¿Qué hay de los refuerzos?
—En preparación. Estarán aquí en cinco minutos —dijo Blake sin apartar la vista de la consola.
—Perfecto. Iré al asentamiento. Cole, despliega tus hombres alrededor del perímetro. Nadie entra ni sale sin que lo sepamos. Buscamos cualquier cosa capaz de disparar algo hasta la órbita —ordenó Marks con prisa mientras subía a su nave.
Subió a la BT-1 junto a cinco soldados. El rugido del motor ahogó por un instante el silencio del desierto. El asentamiento Nilo esperaba, cubierto por la sombra de una noche que no prometía calma.
El asentamiento Nilo era un lugar de ruido y constantes peleas, un sitio donde las familias se recogían temprano para evitar verse atrapadas en los enfrentamientos que, en ocasiones, protagonizaban mercenarios y traficantes. A eso se sumaban los abusos de las fuerzas de seguridad de Ternus, lo que convertía el lugar en un caldo de cultivo para el desastre.
Entre el bullicio de las cantinas, los burdeles y las calles atestadas, Jim y Troy corrían ya sin fuerzas, tropezándose con todo a su paso.
Dentro de la Borút, todo era caos. Equipos corrían por los pasillos intentando reparar los daños ocasionados por el impacto del objeto. Técnicos trabajaban contrarreloj para estabilizar el núcleo energético, que había perdido parte de su blindaje. Oficiales escaneaban la superficie de Yun, intentando encontrar algo relacionado con el ataque.
—Señor, los refuerzos solicitados por el capitán Marks están listos para abandonar el hangar. También tiene llamadas entrantes desde el astillero. El señor Powell solicita hablar con usted —informó la teniente Lee, con voz rápida pero firme.
—Perfecto, teniente. Bríndele todo el apoyo a Marks. Necesitamos encontrar a los responsables de este ataque. No tengo tiempo para perder con Powell. Este desastre es producto de su incompetencia.
—Señor, el equipo del capitán Marks ha solicitado acceso a los videos de una de las instalaciones de Ternus, cerca del punto cero —agregó Lee, sin levantar la vista de los informes.
Hill chasqueó la lengua con molestia.
—Maldición… conéctame con Powell —ordenó, con prisa y decepción en el rostro.
La imagen del director del astillero apareció en pantalla. Powell lucía alterado, la mandíbula tensa y la voz cargada de frustración.
—Comandante Hill, ¿puede explicarme qué está pasando? Los escudos en los astilleros no se activan precisamente para evitar estas situaciones. ¡Tengo instalaciones destruidas, personal muerto y heridos graves! Exijo una explicación inmediata.
—Usted no está en posición de exigir nada, Powell —respondió Hill, con tono marcial—. Esta situación es responsabilidad directa de Ternus. Su corporación debía garantizar la seguridad de todas las naves acopladas a su astillero. Y nosotros fuimos impactados bajo su supuesta protección. Nuestro núcleo energético estuvo a punto de ser alcanzado… y usted sabe bien lo que eso significa. ¿Se imagina las consecuencias de una desestabilización en el núcleo de la Borút, justo en medio de sus preciosas instalaciones?
Powell tragó saliva. A pesar de la tensión y el desastre en curso, las palabras de Hill lo golpearon con fuerza. Una detonación del núcleo energético de una nave militar como la Borút habría sido catastrófica, no solo para el astillero 3, sino para todas las estructuras en la órbita baja de Yun.
—Como establece la Federación Otei —continuó Hill con voz helada—, desde el momento en que fuimos atacados dejamos de estar sujetos a su jurisdicción. Eso me faculta para tomar cualquier medida necesaria a fin de salvaguardar la integridad de mi tripulación y de la nave, ambos bienes estratégicos de la Federación. Así que, a partir de ahora, yo soy quien exige su cooperación total, empezando por todas las grabaciones de sus instalaciones cercanas al punto de origen del ataque en la superficie. Si se niega o entorpece la investigación, enfrentará cargos por encubrimiento.
Sin esperar respuesta, Hill cerró la comunicación.
En la torre de control del astillero, un silencio helado se apoderó de la sala. Nadie se atrevía a hablar. Los ojos iban de pantalla en pantalla, sin comprender del todo lo que acababa de ocurrir. Finalmente, Powell rompió el mutismo.
—Sigan con las operaciones de rescate. Eviten más daños —ordenó, con la voz aún cargada de rabia contenida.
Mientras se retiraba de la sala, vió venir hacia el a su jefe de seguridad.
—Torres, ¿qué diablos pasó? ¿Quién atacó esa nave?
—Señor, lo estamos investigando. Las grabaciones muestran un objeto pequeño rompiendo la atmósfera y golpeando a la Borút. Pero, señor… la velocidad era descomunal. Cuando los sensores lo detectaron, ya era demasiado tarde.
Powell se frotó el rostro.
—¿Cómo puede ser eso posible? ¿Quién en Yun tiene la capacidad para algo así? Además, necesito todas las grabaciones que Hill solicitó. Envíamelas de inmediato.
—Ya se están codificando en tierra, señor. Entramos en código rojo. Toda transmisión entre tierra y órbita requiere cifrado completo. Apenas estén listas, las recibirá.
—Maldita sea… hace pocos minutos había enviado una notificación al corporativo, diciendo que Hill estaba a punto de irse. Y ahora debo notificar esto.
¿Algún sospechoso?
—No hay certeza, pero los mercenarios que operan en esa zona responden a Luca Wells. Ya hemos tenido roces con él, pero no tenemos pruebas sólidas de que haya perpetrado este ataque. Nuestros hombres se dirigen al asentamiento Nilo. Uno de los tantos escondites de Wells… aunque no estamos solos. Dos de las naves desplegadas por la Borút también van hacia allá.
—Avísame en cuanto los videos revelen algo —gruñó Powell mientras ambos caminaban por uno de los pasillos del astillero.
—Señor… perdone la pregunta, pero… ¿a qué se debe tanta prisa por parte de esa nave desde que llegó? Y más en el estado que arribaron. Parecían haber peleado con una bestia.
Powell se detuvo un segundo, pensativo.
—Sí… todos pensamos lo mismo. Pero suena ridículo, ¿no? ¿Qué clase de animal podría dañar una nave militar de ese calibre? Aunque… en el último mensaje del corporativo, se mencionaba la presión que tenía la Federación Otei para que Hill partiera cuanto antes. Y ahora pasa esto…
—¿Cree que está relacionado?
Powell no respondió de inmediato. Solo siguió caminando, más callado y calculador que antes.
—Torres, usa todos los recursos disponibles. Esto… podría complicarse más de lo que imaginamos.
Alrededor del asentamiento Nilo comenzaba a gestarse una tormenta perfecta.
El capitán Marks aterrizó en la entrada norte, donde ya lo esperaba Cole. Los hombres de Cole —cinco soldados altamente entrenados— estaban desplegados en cada uno de los cuatro accesos al asentamiento. Armados hasta los dientes, no necesitaban moverse para imponer respeto. Desde el cielo, dos naves de reacción rápida sobrevolaban el área, lanzando sombras amenazantes que provocaban inquietud entre los residentes. Las calles se vaciaban poco a poco: puertas cerrándose con rapidez, comercios expulsando a sus últimos clientes, niños siendo arrastrados hacia el interior de las casas.
Los habitantes del Nilo estaban acostumbrados a los abusos de las fuerzas de seguridad de Ternus, a los mercenarios, a los traficantes que usaban el asentamiento como refugio. Pero esa vez era distinto. Las naves y los soldados que los vigilaban no llevaban el emblema de Ternus. Esto creaba una atmosfera de incertidumbre.
El viento soplaba con fuerza. El aire era espeso, como si el propio ambiente presintiera lo que estaba por ocurrir. Y entonces, como si no bastara, cuatro naves de Ternus descendieron al norte del asentamiento.
Ya no había dudas. Algo grande estaba por suceder.
—Capitán, los hombres están en posición. Esperan la orden para ingresar al asentamiento —informó Cole con gesto severo.
—Perfecto. La búsqueda en las zonas inhabitadas no arrojó nada. Ni personas, ni rastros de equipos. Solo los niños con los que te cruzaste. Esperaremos a los refuerzos que ya vienen en camino. Debemos proceder con cautela: se reporta presencia de traficantes y mercenarios en el interior —respondió Marks, con su habitual tono tranquilo, pero firme.
—Entiendo, capitán… pero ¿qué estamos buscando exactamente? —preguntó Cole, visiblemente inquieto.
—Cualquier cosa que pudiera haber lanzado un proyectil hasta la órbita. No buscamos solo armas convencionales —y créeme, habrá muchas—. Esto es otra cosa.
La mirada de Marks se desvió por un instante hacia las naves de Ternus que acababan de aterrizar. De una de ellas descendió el comandante López, jefe de las fuerzas de seguridad locales.
—¿Quién está a cargo de esta operación? —preguntó López, con gesto tenso, mientras evaluaba el despliegue ajeno.
—Comandante —saludó Marks sin perder el temple—. Supongo que ha venido a colaborar. Pero tenga en cuenta que nuestras órdenes son claras. Y si las suyas no están alineadas, solo le puedo pedir algo: no se interponga.
López frunció el ceño, incómodo por el tono, pero intentó mantener la compostura.
—Nuestra misión es mantener el orden. Asegurar que la situación no escale. Contamos con más personal, podemos cubrir un perímetro mayor.
—No se equivoque, comandante. Nosotros requisaremos cada rincón de este asentamiento. Ustedes pueden vigilar todo lo que quieran, pero esta es una operación militar bajo jurisdicción de la Federación Otei. Y si le preocupa la cantidad de efectivos, mire detrás de usted.
López se giró. Se acercaban tres naves Otei, al aterrizar, descendieron sesenta soldados perfectamente armados, avanzando en formación.
La superioridad táctica era innegable.
—Cole —dijo Marks, sin apartar la vista del asentamiento—, dijiste que los niños hablaron de una explosión. Pero no hay rastros de ningún tipo: ni restos de explosivos, ni energía residual, ni huellas de equipos. La zona está limpia.
Hizo una pausa, pensativo.
—Si vuelves a verlos, tráelos conmigo. Quiero hablar con ellos.
Mas de doscientos efectivos muy bien armados. Naves sobrevolando. Armas listas. Órdenes claras.
Todo estaba listo para una incursión en un asentamiento de más de quinientos mil metros cuadrados. Cien mil habitantes. Cientos de contrabandistas, traficantes y mercenarios de distintos bandos. Un polvorín al borde del estallido.